"Olvidado, perdido y aún así inmutable era el faro del fin del mundo, y en él vivía ese viejo solo, roñoso, silencioso y con un pie fusionado a un palo.
Diariamente y con dificultad bajaba de su torre al pequeño bosque de la isla a cortar alguna rama caída, para construir con esmero otro de los innumerables botes que acostumbraba construir. Amarraba una cuerda a ellos y los encumbraba al viento, y sobre sus hombros colgaba la soga atada a la proa, que inevitablemente dañaba sus hombros caídos, hombros de ese viejo ancla, pero así y todo caminaba alrededor de la isla con el bote a sus espaldas, quien sabe lo que pensaba esas tardes.
Inevitablemente después, todos los bellos botes compartían el destino, ser criaderos de ratas y cangrejos en la costa trasera de la isla abandonada.
Lágrimas caían de las perlas de ese viejo lobo cuando se sentaba en la frágil roñosa silla, junto a la tenue luz guía. Mostraba un rostro abatido por las ráfagas de viento en las duras e interminables noches invernales, una piel agrietada por la falta de agua, un rostro pusilánime por la falta de vida, unas manos blancas congeladas por la nieve.
Caían desde lo más alto de la torre las nocturnas lágrimas que el viejo derramaba, al llegar abajo éstas caminaban sigilosa y raudamente hacia el costado de la isla, nunca visitado por el viejo, donde un día vio alzar el vuelo y desaparecer a su antes inseparable compañera, esa fiel gaviota. Allí las lágrimas se reunían con las demás y agrandaban su hasta entonces pequeño charco, camufladas todas detrás de la amable ignorancia del viejo sobre ese particular suceso. El viejo continuaba llorando y las lágrimas continuaban su camino. El viejo día tras noche miraba hacia el horizonte lleno de rocas, esperando algún día ver el para siempre ausente mar, ojalá verlo antes que la muerte apagara la luz que custodiaba.
Un día las lágrimas formaron un mar, y rodearon la isla.
Esa mañana el viejo abrió esas perlas, y apagó la luz a su costado, se puso de pie y observó ante el un inmenso, azulado y majestuoso mar. Anonadado estuvo allí sin poder reaccionar por un instante.
Bajó la espiralada escalera del pequeño faro, aún sin entender, y se dirigió al bosque. Cortó unas ramas y comenzó nuevamente con esmero a fabricar otro bote, pero ésta vez construyó un ancla, el ya no quería serlo nunca más. Cerró la puerta de su torre pues ya no necesitaría refugiarse en ella y luego se dirigió a la orilla con su pequeño navío.
Allí lo posó en los suaves brazos de su propio mar, subió en él e izó las velas una vez más, como lo hizo hace largos y perdidos tiempos atrás. Se dispuso a elevar el ancla y divisó una gaviota, y por mandato del corazón, guió las velas en aquella dirección..."