
Nací lejos en la costa, acostumbrado a ver el pueblo desde la altura de mi hogar, algunos cientos de escalones hacia arriba en espiral. Una noche melódica y brillante llevó mi vida hacia la eternidad. Por primera vez observé sus ojos entre la multitud, la hermosa rosa bella y única rodeada de espinas, feroces, en una recóndita colina nevada. Todos los días bajaba al pueblo y acostumbraba verla desde la distancia siempre con la certeza de que jamás pudiera verme, rezando por que me vea. Cegados días y alumbradas noches mi faro jamás parpadeaba y el pequeño muelle con gratitud mi labor destacaba, sus hijos cada noche volvían de entre la oscuridad a desembarcar el tesoro del mar otorgado, llegaban a la seguridad del muelle que gracias a mi luz finalmente vislumbraban.
Noche tras noche cuidando la señal, mis ojos derramaban lágrimas por saber la desgraciada suerte que corría, nunca tuve la oportunidad de vencer el pánico que diariamente me atacaba, el hecho de jamás haber tenido la milagrosa ocasión de que se enterara que esta alma existe gracias a ella, me torturaba, agitaba mis hasta entonces tranquilos mares, mi embarcación se inundaba. Aquella noche ignorando el temor surgió aquel valor que jamás estuvo presente en toda mi vida, y a merced del destino nuestras vistas se cruzaron. Atrapados por la magia durante la noche, ese momento no se desvaneció. Ella prometió ser mía por esa eterno instante.
Atravezando el invernal camino la luna esa noche no se mostró, y con el eterno recuerdo de aquella noche que aun no termina hacia mi hogar lleno de ilusiones me encaminé. Nunca tuve la oportunidad de observar que me golpeó, la maldad en vida me ahorcó y caí al suelo desvanecido sin energía, tendido sobre el campo medio nevado las horas pasaron y el otro día rápidamente se esfumó.
Con el vivo recuerdo de aquella mujer, mi dulce eterno amor, todo me parece ahora demasiado oscuro, una mirada inconsciente e instantánea en dirección a mi hogar, tomo consciencia, mi faro iluminado no está. No hay guía, no hay luz, el sendero oscuro, mis barcos están a la deriva cegados en la fatídica noche invernal. Nadie que alimente la luz, por favor luna llena si has iluminado la noche por mí, ¡Dame una señal!, ¡Marineros todo se encuentra normal!.
Mi presencia es aborrecida, ¿Como puede un alma inoscente cargar con tanta culpa y maldad?. Lo que jamás quize oir ahora por todo el pueblo circula, sus miradas me quitan vida lentamente. Todos a bordo del Perla han muerto, el arrecife los atrajo silenciosamente a su fatal destino mientras mi faro debía ser la luz de la noche. Sin pensar corro a mi torre, y observo el océano con aquellos ojos que jamás imaginé, devuélvelos.El martillo truena contra la madera, declarada mi inocencia ésta es una muerte en vida, mis días han llegado y sigo aquí con vida. ¿Cómo podre seguir viviendo con tal suceso a mis hombros?, nadie puede amar a aquel que cuidaba la luz y la abandonó por una egoísta noche de amor. A veces Dios juega con nosotros, cuanta desgracia se puede tolerar, fútiles vidas y destinos perdidos, los dibuja a todos menos el mío, estoy sangrando pero ya sin corazón.
Escalones pasan y pasan, océanos negros, ¡tráguenme!, mi pequeña torre, selló mi eterna noche. Una sola dirección, hacia abajo, más rápido. El padre del hijo sin nacer espanta mis últimas gotas de esperanza, todos en el Perla han muerto, ayúdame a terminar su odio, arriba mi luz desaparece en el cielo, océanos negros me entrego traigan paz a mi pueblo, confío en la luna iluminará las noches invernales. Océanos negros, clamen y exijan por mi vida, abajo ellos por fin me perdonarán.